Solemnidad Epifanía del Señor

06/01/2026

Epifanía, una palabra que significa manifestación o revelación de Dios en la historia. Recordamos que Jesús no nació solo para un grupo pequeño, sino que es una luz universal que brilla para todas las personas de todas las razas y culturas. Hoy celebramos que Dios no vino al mundo para quedarse escondido en un rincón de Israel, sino que se dio a conocer a todos los pueblos, representados en las figuras de los Magos de Oriente. Las lecturas nos muestran tres grandes momentos de este misterio.

El profeta Isaías nos grita: «¡Levántate y resplandece!» Nos anuncia que, aunque existan tinieblas en el mundo, la gloria del Señor amanece sobre nosotros y atrae a todos los pueblos. Es una llama a la luz, pues la gran esperanza es que Dios mismo se ha dado a conocer a todos los pueblos. Es lo cantamos en el salmo «Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra»

San Pablo nos explica, un secreto que se ha revelado, que se ha dado a conocer un misterio escondido durante siglos, que «todos somos coherederos de la misma promesa en Jesucristo». Ya no hay extranjeros para Dios; todos somos «miembros del mismo cuerpo» y partícipes de su salvación.

El Evangelio nos narra la historia del camino de unos Magos, de unos sabios de Oriente que, siguiendo una estrella, llegaron a Belén para adorar al Rey de los judíos. Mientras el rey Herodes siente miedo y reacciona con violencia para proteger su poder, los Magos representan la sabiduría de los humildes que saben reconocer a Dios en la fragilidad de un niño

«Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» , le ofrecieron tres regalos con un significado profundo: oro, reconociéndolo como Rey; incienso, adorándolo como Dios; y mirra, anunciando que entregaría su vida por nosotros.

¿Qué podemos ofrecer nosotros hoy? Quizás no tengamos oro, pero podemos ofrecer nuestro tiempo; quizás no tengamos incienso, pero podemos ofrecer nuestra oración; y en lugar de mirra, podemos ofrecer nuestra paciencia y consuelo a quien está triste.

La Epifanía nos recuerda que Dios se deja encontrar. No es un Dios lejano, sino un Dios que nos espera en la sencillez de un pesebre y en el rostro de nuestros hermanos.

Que hoy, al igual que los Magos, regresemos a casa por otro camino. Que el encuentro con Jesús nos transforme tanto que no podamos seguir viviendo de la misma manera, sino con más alegría, más esperanza y más amor.

Feliz día de la Epifanía del Señor, feliz día de Reyes.

II Domingo de Navidad

04/01/2026

Continuamos celebrando la alegría de la Navidad, dando gracias porque Dios se ha hecho hombre, precisamente las tres lecturas de hoy convergen en que Dios está cerca de nosotros.

La primera lectura, del Eclesiástico, presenta a la Sabiduría, no solo como un conocimiento intelectual, sino como la capacidad de mirar y amar a las personas tal como Dios lo hace.

San Pablo, en la carta a los Efesios, nos revela un anuncio maravilloso: Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para ser sus hijos adoptivos. No somos fruto del azar; Dios ya nos tenía presentes en su corazón desde el principio de los tiempos y nos destinó a ser sus santos y herederos.

El Evangelio de San Juan profundiza en este misterio presentándonos al Verbo, la Palabra eterna de Dios que existía desde el principio y que se hizo carne para habitar entre nosotros. Al decir que habitó, el texto sugiere que Jesús puso su tienda de campaña en medio de nuestra historia humana, embarrándose con nuestra realidad para redimirla desde dentro. Jesús vino para recordarnos nuestra verdadera identidad como hijos de Dios.

Ser hijos significa que los creyentes formamos una única familia, unidos por la misma fe y el amor que Dios nos tiene. Sin embargo, el Evangelio también advierte que la luz brilla en las tinieblas y hay quienes no la reciben, prefiriendo vivir sin acordarse de su Padre. Un buen hijo se comporta bien no por obligación o miedo, sino porque ama a sus padres y desea que se sientan satisfechos con su vida.

En este camino de fe, si llegamos a tropezar, debemos ser como el corredor de maratón que cae, se cura la herida y continúa la carrera con el propósito de mejorar cada día. Pidamos que la Virgen María nos enseñe a mirar a los demás con los ojos de Dios y a vivir con la alegría de sabernos profundamente amados.

Feliz domingo día del Señor.

Solemnidad María, Madre de Dios

01/01/2026

Comenzamos el año con la celebración de la LIX Jornada Mundial por la Paz, cuyo lema es “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”

«¡La paz esté contigo!», así comienza el Santo Padre su mensaje en el que destaca la paz como «palabra» de Jesús resucitado: «Es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad».

Al comenzar este año 2026, la liturgia nos invita a cruzar el umbral del tiempo con una bendición. La primera lectura del libro de los Números, nos recuerda que Dios mismo instruyó a Moisés para que los sacerdotes bendijeran al pueblo, pidiendo que “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Dios abre el año que empieza, asegurándonos que su mirada no es la de un juez que busca condenar, sino la de un Padre que sonríe a sus hijos y les ofrece su protección frente a toda adversidad.

A esta promesa de Dios respondemos con el salmo, pidiendo: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga”. Esta oración no es solo para nosotros, sino que tiene una dimensión universal: buscamos que la luz del rostro de Dios ilumine a todas las naciones y que los confines de la tierra conozcan su salvación. La bendición que recibimos hoy es una invitación a convertirnos nosotros mismos en bendición para los demás durante este nuevo año.

En este contexto de luz y favor divino, celebramos a Santa María, Madre de Dios. San Pablo nos explica en la segunda lectura que, “al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de mujer”. Al llamar a María Theotokos (Madre de Dios), reconocemos que en ella se ha hecho visible el rostro del Señor que tanto anhelaban los antiguos; en Jesús, Dios ya no está oculto, sino que se ha embarrado con nuestra humanidad para que nosotros recibamos la adopción filial y podamos llamarlo «¡Abba, Padre!».

El Evangelio nos muestra cómo se aterriza esta gran bendición en la sencillez de un pesebre. Los pastores, gente humilde que vivía a la intemperie, son los primeros en contemplar la señal de Dios: un niño envuelto en pañales. Mientras todos se admiran, María nos da el ejemplo de la perfecta discípula: ella no busca explicaciones ruidosas, sino que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Ella nos enseña a guardar silencio interior para descubrir la presencia de Dios en los detalles más pequeños de nuestra vida diaria.

Que la intercesión de nuestra Madre nos ayude a ser constructores de paz y portadores de esa bendición que hoy hemos recibido. Analógicamente, así como el rostro de una madre iluminado por la alegría da seguridad a su hijo, que la conciencia de tener el rostro de Dios iluminado sobre nosotros nos dé la paz necesaria para caminar con esperanza este 2026.

Feliz Año Nuevo y feliz día de María, Madre de Dios.

Solemnidad de la Sagrada Familia

28/12/2025

Hoy la Iglesia, como una gran familia de familias, nos invita a contemplar el hogar de Nazaret no como un recuerdo lejano, sino como un proyecto de vida que Dios nos propone para transformar nuestra convivencia diaria. La familia no es solo una unidad social, sino que es el mejor reflejo del misterio de Dios-Familia, Trinidad, y una pequeña Iglesia doméstica donde aprendemos a amar. Y mientras contemplamos el amor del hogar de Nazaret, el calendario nos recuerda también el martirio de los Santos Inocentes.

La primera lectura nos ofrece consejos de una sabiduría profunda y práctica: honrar a los padres. Este respeto no es una carga moral, sino un acto de compasión y amor que agrada a Dios y sirve para reparar nuestros propios pecados. Se nos exhorta especialmente a ser indulgentes con ellos en su vejez, reconociendo que la vida es un don recibido que ahora debemos devolver en cuidados “Hijo, cuida de tu padre en la vejez y durante su vida no le causes tristezas” Como dice el salmo, quien teme al Señor y sigue sus caminos verá la bendición en su mesa y en sus hijos.

San Pablo, en la segunda lectura, nos invita a revestirnos de virtudes en el hogar, nos da la clave para que la paz de Cristo reine en nuestras casas: “revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia”. No se trata de ideas abstractas, sino de «sobrellevarse y perdonarse mutuamente«, tal como el Señor nos ha perdonado. Por encima de todo, el amor es el vínculo de la unidad perfecta, el ceñidor que mantiene unido el cuerpo de la familia. Esto implica que nuestro hablar sea siempre estimulante y positivo, evitando burlas o palabras que molesten a los hermanos.

El Evangelio nos sitúa en una dura realidad, la Sagrada Familia como refugiada en Egipto. Aquí brilla la figura de San José, el hombre del silencio y la acción, quien al oír la voz de Dios que le dice “levántate”, obedece inmediatamente para proteger a los suyos. José nos enseña que ser creyente es confiar en Dios incluso cuando no entendemos el plan, asumiendo nuestra responsabilidad con valentía. Al establecerse finalmente en la humilde Nazaret, Jesús creció en sabiduría y gracia, mostrándonos que Dios habita en lo sencillo y cotidiano.

Estamos invitados a revisar vuestras relaciones: ¿Damos tiempo de calidad a los nuestros? ¿Está Dios presente en vuestra casa a través de la oración o de gestos amables? No permitamos que el egoísmo o la queja apaguen la luz del hogar. Que cada uno de nosotros se esfuerce por ser un don, un regalo para los demás, aportando lo mejor de sí mismo antes de ir a dormir. Que la Sagrada Familia de Nazaret nos guíe para caminar siempre en libertad, fidelidad y amor.

Feliz día de la Sagrada Familia.