08/03/2026
Nos encontramos en el corazón del camino cuaresmal, en el ecuador, de este itinerario de cuarenta días que nos lleva hacia la luz de la Pascua. La liturgia de este Tercer Domingo de Cuaresma inaugura lo que llamamos el itinerario catecumenal, centrado en el bautismo: hoy es el agua, el próximo domingo será la luz y el quinto será la vida. Las lecturas de hoy se entrelazan en una sola melodía: el paso de la sed del cuerpo a la sed del Espíritu.
En la primera lectura, vemos en el desierto, al pueblo de Israel, que ha sido liberado de Egipto, pero que aún conservan una mentalidad de esclavos. Ante la carencia de agua, surge la queja amarga: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed?”. Es la herida de la desconfianza que nos acecha a todos cuando las cosas no salen como esperábamos.
Moisés, por orden de Dios, golpea la roca de Horeb y brota agua. Esa roca, como nos recordará San Pablo, es figura de Cristo. Israel recibe el agua como un don directo de Dios para su supervivencia física, pero el salmista nos advierte sobre un peligro mayor que la sed de los labios: la sed de un corazón que se vuelve de piedra. Por eso cantamos: “Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis vuestro corazón”.
En el Evangelio, presenciamos una de las escenas más hermosas de la Escritura: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, se sienta a esperar. No es un encuentro fortuito; estaba planeado desde la eternidad.
Fijaos en la delicadeza de nuestro Señor, Él, que es la fuente de la vida, se hace mendigo de nuestra humanidad y comienza pidiendo un favor sencillo: “Dame de beber”. Jesús rompe todas las barreras sociales y religiosas de la época: habla con una mujer, con una samaritana, considerada enemiga por los judíos, y con alguien que vive en una situación moral irregular.
A través de un diálogo lleno de ternura y paciencia, Jesús va llevando a la mujer desde su sed superficial, el agua material del pozo, hacia su sed más profunda: la necesidad de amor verdadero, de sentido y de Dios. El agua viva que Él ofrece no es algo externo, sino una inundación interna, el don del Espíritu Santo que salta hasta la vida eterna.
Jesús, con una claridad que no condena, sino que sana, le revela su propia vida: “Has tenido ya cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido”. Al poner su vida a la luz de la verdad, la mujer no se siente rechazada, sino comprendida por primera vez. Es aquí donde Jesús le enseña que la verdadera religión no es una cuestión de lugares geográficos, este monte o Jerusalén), sino de adorar al Padre “en espíritu y en verdad”.
La transformación es total. La samaritana deja su cántaro, símbolo de sus seguridades antiguas y de sus apegos, y corre al pueblo a anunciar a aquel que le ha dicho todo lo que ha hecho. Se convierte, así, en la primera misionera de Samaría.
¿De qué tenemos sed nosotros? Todos sentimos sed de verdad, de felicidad y de amor. A menudo intentamos saciarla en pozos rotos que no retienen el agua: el consumismo, el éxito efímero o las relaciones superficiales.
San Pablo nos asegura hoy que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo”. Cristo murió por nosotros “cuando todavía éramos pecadores”. Él no esperó a que la samaritana fuera una mujer ejemplar para ofrecerle el Agua Viva; se la ofreció en medio de sus fracasos amorosos.
Jesús nos sale al encuentro. Él es la Roca golpeada en el Calvario de cuyo costado abierto brota el surtidor que nos limpia y nos da vida.
Durante esta semana hagamos el ejercicio de identificar nuestro propio cántaro: aquello que me pesa, esa seguridad falsa que me impide seguir a Cristo con libertad. Dejémoslo junto al pozo de la oración y pidamos con humildad: “Señor, dame de esa agua”. Y que el Espíritu Santo transfigure nuestra mirada para reconocer en cada hermano, especialmente en el que sufre, el rostro de aquel que sigue diciendo hoy: “Tengo sed”
Feliz domingo día del Señor, y feliz semana.
















